miércoles, julio 06, 2011

013



Noche 013 - Descargar MP3

Pero cuando llegó la 13ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el segundo saaluk prosiguió su relato de este modo:
¡Oh señora mía!, cuando di en la bóveda tan violento puntapié, la joven me dijo: "¡He ahí el efrit! ¡Ya viene contra nosotros! ¡Por Alah! ¡Me has perdido! Tiende a tu salvación y sal por donde entraste".
Entonces me precipité hacia la escalera. Pero desgraciadamente, a causa de mi gran terror, había olvidado las sandalias y el hacha. Por eso, como había ya subido algunos peldaños, volví un poco la cabeza para dirigir la última mirada a las sandalias y al hacha que había sido mi felicidad; pero en el mismo instante vi abrirse la tierra y aparecer un efrit enorme, horriblemente feo, que preguntó a la joven: "¿A qué obedece esa llamada tan terrible con la que acabas de asustarme? ¿Qué desgracia te amenaza?".
Ella contestó: "Ninguna desgracia. Sentí una opresión en el pecho, a causa de mi soledad, y al levantarme en busca de alguna bebida refrescante que reconfortara mi ánimo, lo hice tan bruscamente, que resbalé y fui a dar contra la cúpula". Pero el efrit dijo: "¡Cómo sabes mentir, desvergonzada libertina!" Después empezó a registrar el palacio por todos lados, hasta encontrar mis babuchas y el hacha. Y entonces gritó: "¿Qué significan estas prendas? ¿Cómo han podido llegar aquí?" Y ella contestó: "Ahora las veo por primera vez. Acaso las llevarías tú colgando a la espalda, y así las has traído". El efrit, en el colmo del furor, dijo entonces: "Todo eso son palabras absurdas, torpes y falsas. Y no han de servirte conmigo, mala mujer".
En seguida la desnudó completamente, la puso sobre cuatro estacas clavadas en el suelo, y empezó a atormentarla, insistiendo en sus preguntas sobre lo que había ocurrido. Pero yo no pude resistir más aquella escena, ni escuchar su llanto, y subí rápidamente los peldaños, trémulo de terror. Una vez en el bosque, puse la trampa como la había encontrado, y la oculté a las miradas cubriéndola con tierra. Y me arrepentí de mi acción hasta el límite del arrepentimiento. Y me puse a pensar en la joven, en su hermosura y en los tormentos que le hacía sufrir aquel miserable después de poseerla veinte años. Y aun me dolía más que la atormentase por causa mía. Y en ese momento me puse a pensar también en mi padre, en su reino y en mi triste condición de leñador. ¡Esto fué todo!
Después seguí caminando, hasta llegar a la casa de mi amigo el sastre. Y lo encontré muy impaciente a causa de mi ausencia, pues se hallaba sentado y parecía que lo estuviesen friendo al fuego en una sartén. Y me dijo: "Como no viniste ayer, pasé toda la noche muy intranquilo. Y temí que te hubiese devorado alguna fiera o te hubiera pasado algo semejante en el bosque; pero, ¡alabado sea Alah que te guardó!" Entonces le di las gracias por su bondad, entré en la tienda, y sentado en mi rincón empecé a pensar en mi desventura y a reconvenirme por aquel puntapié tan imprudente que había dado en la bóveda. De pronto mi amigo el sastre entró y me dijo: "En la puerta de la tienda hay un hombre, una especie de persa, que pregunta por ti y lleva en la mano tu hacha y tus babuchas. Las ha presentado a todos los sastres de esta calle, y les ha dicho: "Al ir esta mañana a la oración, llamado por el muezín, me he encontrado en el camino estas prendas y no sé a quién pertenecen. ¿Me lo podríais decir vosotros?" Entonces los sastres reconocieron tu hacha y tus sandalias y lo han encaminado hacia aquí. Y ahí está aguardándote en la puerta de la tienda. Sal, dale las gracias, y recoge el hacha y las sandalias". Pero al oír todo aquello me puse muy pálido y creí desmayarme de terror. Y hallándome en este trance, se abrió de pronto la tierra y apareció el persa. ¡Era el efrit! Había sometido a la joven al tormento, ¡y qué tormento! Pero ella nada había declarado, y entonces él, cogiendo el hacha y las babuchas, le dijo: "Ahora verás si no soy Georgirus, descendiente de Eblis. ¡ Vas a ver si puedo traer o no al amo de estas cosas!"
Y había empleado en las casas de los sastres la estratagema de que he hablado.
Se me apareció, pues, bruscamente, brotando del suelo, y sin perder un instante me cogió en brazos, se elevó conmigo por los aires, y descendió después para hundirme con él en la tierra. Yo había perdido por completo el conocimiento. Me llevó al palacio subterráneo en que había sido tan feliz, y allí vi desnuda a la joven, cuya sangre corría por su cuerpo. Mis ojos se habían llenado de lágrimas. Entonces el efrit se dirigió a ella y le dijo: "Aquí tienes a tu amante". Y la joven me miró y dijo: "No sé quién puede ser este hombre. No le he visto hasta ahora. Y replicó el efrit: "¿Cómo es eso? ¿Te presento la prueba del delito y no confiesas?" Y ella, resueltamente, insistió: "He dicho que no le conozco". Entonces dijo el efrit: "Si es verdad que no lo conoces, coge ese alfanje y córtale la cabeza". Y ella cogió el alfanje, avanzó muy decidida y se detuvo delante de mí. Y yo, pálido de terror, le pedía por señas que me perdonase, y las lágrimas corrían por mis mejillas. Y ella me hizo también una seña con los ojos, mientras decía en alta voz: "¡Tú eres la causa de mis desgracias!" Y yo contesté a esta seña con una contracción de mis ojos, y recité estos versos de doble sentido, que el efrit no podía entender:
¡Mis ojos saben hablarte suficientemente para que la lengua sea inútil! ¡Sólo mis ojos te revelan los secretos ocultos de mi corazón!
¡Cuando te apareciste, corrieron por mi rostro dulces lágrimas, y me quedé mudo, pues mis ojos te decían lo necesario!
¡Los párpados saben expresar también los sentimientos! ¡El entendido no necesita utilizar los dedos!
¡Nuestras cejas pueden suplir a las palabras! ¡Silencio, pues! ¡Dejemos que hable el amor!
Y entonces la joven, habiendo entendido mis súplicas, soltó el alfanje. Lo recogió el efrit, y entregándomelo, dijo señalando a la joven: "Córtale la cabeza, y quedarás en libertad; te prometo no causarte ningún daño". Y yo contesté "¡Así sea!" Y cogí el alfanje y avancé resueltamente con el brazo levantado. Pero ella me imploraba, haciéndome señas con los ojos, como diciendo: "¿Qué daño te hice?" Y entonces se me llenaron los ojos de lágrimas, y arrojando el alfanje, dije al efrit: "¡Oh poderoso efrit! ¡Oh héroe robusto e invencible! Si esta mujer fuese tan mala como crees, no habría dudado en salvarse a costa de mi vida. Y en cambio ya has visto que ha arrojado el alfanje. ¿Cómo he de cortarle yo la cabeza, si además no conozco a esta joven? Así me dieses a beber la copa de la mala muerte, no había de prestarme a esa villanía". Y el efrit contestó a estas palabras: "¡Basta ya! Acabo de sorprender que os amáis. He podido comprobarlo".
Y entonces, ¡oh señora mía! cogió el alfanje y cortó una mano de la joven y después la otra mano, y luego el pie derecho y después el izquierdo. De cuatro golpes tajó las cuatro extremidades. Y yo, al ver aquello con mis propios ojos, creí que me moría.
En ese momento la joven, guiñándose un ojo, me hizo disimuladamente una seña. Pero ¡ay de mí! el efrit la sorprendió, y dijo: "¡Oh hija de puta! Acabas de cometer adulterio con tu ojo". Y entonces de un tajo le cortó la cabeza. Después, volviéndose hacia mí, exclamó: "Sabe ¡oh tú, ser humano! que nuestra ley nos permite a los efrits matar a la esposa adúltera, y hasta lo encuentra lícito y recomendable. Sabe que yo robé a esta joven la noche de su boda, cuando aun no tenía doce años y antes de que nadie se acostara con ella. Y la traje aquí, y cada diez días venía a verla, y pasábamos juntos la noche, y copulaba con ella bajo el aspecto de un persa; pero hoy, al saber que me engañaba, la he matado. Sólo me ha engañado con un ojo, con el que te guiñó al mirarte. En cuanto a ti, como no he podido comprobar si fornicaste con ella, no te mataré; pero de todos modos, algo he de hacerte para que no te rías a mis espaldas y para humillar tu vanidad. Te permito elegir el mal que quieras que te cause".
Entonces, ¡oh señora mía! al verme libre de la muerte, me regocijé hasta el límite del regocijo, y confiando en obtener toda su gracia, le dije: "Realmente, no sé cuál elegir de entre todos los males; pero no prefiero ninguno". Y el efrit, más irritado que nunca, golpeó con el pie en el suelo, y exclamó: "¡Te mando que elijas! A ver, ¿bajo qué forma quieres que te encante? ¿Prefieres la de un borrico? ¿La de un mulo? ¿La de un cuervo? ¿La de un perro? ¿La de un mono? Entonces yo, con la esperanza de un indulto completo y abusando de su buena disposición, le respondí: "¡Oh, mi señor Georgirus, descendiente del poderoso Eblis! Si me perdonas, Alah te perdonará también, pues tendrá en cuenta tu clemencia con un buen musulmán que nunca te hizo daño". Y seguí suplicando hasta el límite de la súplica, postrándome humildemente entre sus manos, y le decía: "No me condenes injustamente". Pero él replicó: "No hables más si no quieres morir. Es inútil que abuses de mi bondad, pues tengo que encantarte necesariamente".
Y dicho esto me cogió, hendió la cúpula, atravesó la tierra y voló conmigo a tal altura, que el mundo me parecía una escudilla de agua. Descendió después hasta la cima de un monte, y allí me soltó; cogió luego un puñado de tierra, refunfuñó como un gruñido, pronunció en seguida unas palabras misteriosas, y arrojándome la tierra, dijo: "¡Sal de tu forma y toma la de un mono!" Y al momento, ¡oh señora mía! quedé convertido en mono. ¡Pero qué mono! ¡Viejo, de más de cien años y de una fealdad excesiva! Cuando me vi tan horrible, me desesperé y me puse a brincar, y brincaba, realmente. Y como aquello no me servía de remedio, rompí a llorar a causa de mis desventuras. Y el efrit se reía de un modo que daba miedo, hasta que por último desapareció.
Y medité entonces sobre las injusticias de la suerte, habiendo aprendido a costa mía que la suerte no depende de la criatura. Después descendí al pie de la montaña, hasta llegar a lo más bajo de todo. Y empecé a viajar, y por las noches me subía para dormir a la copa de los árboles. Así fui caminando durante un mes, hasta encontrarme a orillas del mar. Y allí me detuve como una hora, y acabé por ver una nave, en medio del mar, que era impulsada hacia la costa por un viento favorable. Entonces me escondí detrás de unas rocas, y allí aguardé. Cuando la embarcación ancló y sus tripulantes comenzaron a desembarcar, me tranquilicé un tanto, saltando finalmente a la nave. Y uno de aquellos hombres gritó al verme: "¡Echad de aquí pronto a ese bicho de mal agüero!". Otro dijo: "¡Mejor sería matarlo!" Y un tercero repuso: "Sí; matémoslo con este sable". Entonces me eché a llorar, y detuve con una mano el arma, y mis lágrimas corrían abundantes.
Y en seguida el capitán, compadeciéndose de mí, exclamó: "¡Oh mercaderes! este mono acaba de implorarme, y queda bajo mi protección. Y os prohíbo echarle, pegarle u hostigarle". Luego hubo de dirigirme benévolas palabras, y yo las entendía todas. Entonces acabó por tomarme en calidad de criado, y yo hacía todas sus cosas y le servía en la nave.
Y al cabo de cincuenta días, durante los cuales nos fue el viento propicio, arribamos a una ciudad enorme y tan llena de habitantes, que sólo Alah podría contar su número.
Cuando llegamos, acercáronse a nuestra nave los mamalik enviados por el rey de la ciudad. Y llegaron para saludarnos y dar la bienvenida a los mercaderes, diciéndoles: "El rey nos manda que os felicitemos por vuestra feliz llegada, y nos ha entregado este rollo de pergamino para que cada uno de vosotros escriba en él una línea con su mejor letra".
Entonces yo, que no había perdido aún mi forma de mono, les arranqué de la mano el pergamino, alejándome con mi presa. Y temerosos sin duda de que lo rompiese o lo tirase al mar, me llamaron a gritos y me amenazaron; pero les hice seña de que sabía y quería escribir; y el capitán repuso: "Dejadle. Si vemos que lo emborrona, le impediremos que continúe; pero si escribe bien de veras, le adoptaré por hijo, pues en mi vida he visto un mono más inteligente".
Cogí entonces el cálamo, lo mojé, extendiendo bien la tinta por sus dos caras, y comencé a escribir.
Y escribí cuatro estrofas, cada una con una letra diferente, e improvisadas en distinto estilo: la primera al modo Rikaa, la segunda al modo Rihani, la tercera al modo Sulci y la cuarta al modo Muchik:
a) ¡El tiempo ha descrito ya los beneficios y los dones de los hombres generosos, pero desespera de poder enumerar jamás los tuyos!
¡Después de Alah, el género humano no puede recurrir más que a ti, porque eres realmente el padre de todos los beneficios!

b) Os hablaré de su pluma:
¡Es la primera, y el origen mismo de las plumas! ¡Su poderío es sorprendente! ¡Y ella es la que le ha colocado entre los sabios más notables!
¡De esa pluma, cogida con las yemas de sus cinco dedos, han brotado y corren por el mundo cinco ríos de elocuencia y poesía!

c) Os hablaré de su inmortalidad:
¡No hay escritor que no muera; pero el tiempo eterniza lo escrito por sus manos!
¡Así, pues, no dejes escribir a tu pluma más que aquello de que puedas enorgullecerte el día de la Resurrección!

d) ¡Si abres el tintero, utilízalo solamente para trazar renglones que beneficien a toda criatura generosa!
¡Pero si no has de usarlo para hacer donaciones, procura, al menos, producir belleza! ¡Y serás así uno de aquellos a quienes se cuenta entre los escritores más grandes!

Cuando acabé de escribir les entregué el rollo de pergamino. Y todos los que lo vieron se quedaron muy admirados. Después cada cual escribió una línea con su mejor letra.
Luego de esto se fueron los esclavos para llevar el rollo al rey. Y cuando el rey hubo examinado lo escrito por cada uno de nosotros, no quedó satisfecho más que de lo mío, que estaba hecho de cuatro maneras diferentes, pues mi letra me había dado reputación universal cuando yo era todavía príncipe.
Y el rey dijo a sus amigos que estaban presentes y a los esclavos: "Id en seguida a ver al que ha hecho esta hermosa letra, dadle este traje de honor para que se lo vista, y traedle en triunfo sobre mi mejor mula al son de los instrumentos".
Al oírlo, todos empezaron a sonreír. Y el rey, al notarlo, se enojó mucho, y dijo: "¡Cómo! ¿Os doy una orden y os reís de mí?". Y contestaron: "¡Oh rey del siglo! En verdad que nos guardaríamos de reírnos de tus palabras; pero has de saber que el que ha hecho esa letra tan hermosa no es hijo de Adán, sino un mono, que pertenece al capitán de la nave". Estas palabras sorprendieron mucho al rey, y luego, convulso de alegría y estallando de risa, dijo: "Deseo comprar ese mono". Y ordenó inmediatamente a las personas de su corte que cogiesen la mula y el traje de honor y se fuesen a la nave a buscar al mono, y les dijo: "De todas maneras, le vestiréis con ese traje de honor y le traeréis montado en la mula".
Llegados a la nave me compraron a un precio elevado, aunque al principio el capitán se resistía a venderme, comprendiendo, por las señas que le hice, que me era muy doloroso separarme de él. Después los otros me vistieron con el traje de honor, montáronme en la mula y salimos al son de los instrumentos más armoniosos que se tocaban en la ciudad. Y todos los habitantes y las criaturas humanas de la población se quedaron asombrados, mirando con interés enorme un espectáculo tan extraordinario y prodigioso.
Cuando me llevaron ante el rey lo vi, besé la tierra entre sus manos tres veces, permaneciendo luego inmóvil. Entonces el monarca me invitó a sentarme, y yo me postré de hinojos. Y todos los concurrentes se quedaron maravillados de mi buena crianza y mi admirable cortesía; pero el más profundamente maravillado fué el rey. Y cuando me postré de hinojos, el rey dispuso que todo el mundo se fuese, y todo el mundo se marchó. No quedamos más que el rey, el jefe de los eunucos, un joven esclavo favorito y yo, señora mía.
Entonces ordenó el rey que trajesen algunas vituallas. Y colocaron sobre un mantel cuantos manjares puede el alma anhelar, y cuantas excelencias son la delicia de los ojos. Y el rey me invitó luego a servirme, y levantándome y besando la tierra entre sus manos siete veces, me senté sobre mi trasero de mono y me puse a comer muy pulcramente, recordando en todo mi educación pasada.
Cuando levantaron el mantel, me levanté yo también para lavarme las manos. Volví después de lavármelas, cogí el tintero, la pluma y una hoja de pergamino, y escribí lentamente estas dos estrofas ensalzando las excelencias de la pastelería árabe:
¡Oh pasteles! ¡dulces, finos y sublimes pasteles, enrollados con los dedos! ¡Vosotros sois la triaca, el antídoto de cualquier veneno! Nada me gusta tanto, y constituís mi única esperanza, toda mi pasión!
¡El corazón se me estremece al ver un mantel bien extendido, en cuyo centro se aromatiza una kenafa[1] nadando sobre la manteca y la miel en una gran bandeja!
¡Oh kenafa! ¡kenafa fina y sedosa como cabellera! ¡Mi deseo por saborearte ¡oh kenafa! llega a la exageración! ¡Y me pondría en peligro de muerte el pasar un día sin que estuvieses en mi mesa! ¡Oh kenafa!
¡Y tú, jarabe! ¡adorable y delicioso jarabe! ¡Aunque lo estuviera comiendo y bebiendo día y noche, volvería a desearlo en la vida futura!
Después de esto dejé la pluma y el tintero, y me senté respetuosamente a alguna distancia. Y no bien leyó el rey lo que yo había escrito, se maravilló asombrosamente, y exclamó: "¿Es posible que un mono posea tanta elocuencia, y sobre todo una letra tan magnífica? ¡Por Alah...! ¡Es el prodigio de los prodigios!"
En aquel instante trajeron un juego de ajedrez, y el rey me preguntó por señas si sabía jugar, contestándole yo que sí con la cabeza. Y me acerqué, coloqué las piezas, y me puse a jugar con el rey. Y le di mate dos veces. Y el rey no supo entonces qué pensar, quedándose perplejo, y dijo: "¡Si éste fuera un hijo de Adán, habría superado a todos los vivientes de su siglo!"
Y ordenó luego al eunuco: "Ve a las habitaciones de tu dueña, mi hija, y dile: "¡Oh mi señora! Venid inmediatamente junto al rey", pues quiero que disfrute de este espectáculo y vea un mono tan maravilloso".
Entonces fue el eunuco, y no tardó en volver con su dueña, la hija del rey, que en cuanto me divisó se cubrió la cara con el velo, y dijo: "¡Padre mío! ¿Cómo me mandas llamar ante hombres extraños?" Y el rey dijo: "Hija mía, ¿por quién te tapas la cara, si no hay aquí nadie más que nosotros?" Entonces contestó la joven: "Sabe, ¡oh padre mío! que ese mono es hijo de un rey llamado Amarus, y dueño de un lejano país.. Este mono está encantado por el efrit Georgirus, descendiente de Eblis, después de haber matado a su esposa, hija del rey Aknamus, señor de las Islas de Ébano. Este mono, al cual crees mono de veras, es un hombre, pero un hombre sabio, instruido y prudente".
Sorprendido al oír estas palabras, me preguntó el rey: "¿Es verdad lo que dice de ti mi hija?" Y yo, con la cabeza, le indiqué como era cierto, y rompí a llorar. Entonces el rey le preguntó a su hija: "¿Por qué sabes que está encantado?" Y la princesa contestó: "¡Oh padre mío! Siendo yo pequeña, la vieja que había en casa de mi madre era una bruja muy versada en la magia y me enseñó este arte. Más tarde me perfeccioné en él, y aprendí más de ciento setenta artículos mágicos, de los cuales el más insignificante me permitiría transportar tu palacio con todas sus piedras y la ciudad entera detrás del Cáucaso, y convertir en mar esta comarca y en peces a cuantos la habitan".
Y el padre exclamó: "¡Por el verdadero nombre de Alah sobre ti ¡oh hija mía!, desencanta a ese hombre, para que yo le nombre mi visir! Pero ¿es posible que tú poseas ese talento tan enorme y que yo lo ignorase? Desencanta inmediatamente a ese mono, pues debe ser un joven muy inteligente y agradable". Y la princesa respondió: "De buena gana y como homenaje debido".
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Notas del traductor
[1] Kenafa: especie de pastelillo hecho con fideos muy finos

    012



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    PERO CUANDO LLEGO LA 12ª NOCHE
    Ella dijo:
    He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el saaluk, mientras la concurrencia escuchaba su relato, prosiguió diciendo a la joven: Después que mi tío dió con la babucha en la cara de su hijo, que estaba allí tendido y hecho carbón, me quedé prodigiosamente sorprendido ante aquel golpe. Y me afligió mucho ver a mi primo convertido en carbón; ¡tan joven como era! Y en seguida exclamé: "¡Por Alah! ¡oh tío mío! Alivia un poco los pesares de tu corazón. Porque yo sufro mucho con lo que ha ocurrido a tu hijo. Y sobre todo, me aflige verlo convertido en carbón, lo mismo que a esa joven, y que tú, no contento con esto, le pegues con la suela de tu babucha".
    Entonces mi tío me contó lo siguiente: "¡Oh sobrino mío! Sabe que este joven, que es mi hijo, ardió en amores por su hermana desde la niñez. Y yo siempre le alejaba de ella, y me decía: "Debo estar tranquilo, porque aun son muy jóvenes".
    ¡Pero no fué así! Apenas llegados a la pubertad, cometieron la mala acción, y aunque lo averigüé, no podía creerlo del todo. Sin embargo, eché a mi hijo una reprimenda terrible, y le dije: "¡Cuidado con esas indignas acciones que nadie ha cometido hasta ahora, ni nadie cometerá después! ¡Cuenta que no habría reyes que tuvieran que arrastrar tanta vergüenza ni tanta ignominia como nosotros! ¡Y los correos propagarían a caballo nuestro escándalo por todo el mundo! ¡Guárdate, pues, si no quieres que te maldiga y te mate!" Después cuidé de separarla a ella y de separarle a él. Pero indudablemente esta malvada le quería con un amor grandísimo, porque el Cheitán consolidó su obra en ellos.
    Así, pues, cuando mi hijo vió que le había separado de su hermana, debió fabricar este asilo subterráneo sin que nadie lo supiera; y como ves, trajo a él manjares y otras cosas; y se aprovechó de mi ausencia, cuando yo estaba en la cacería, para venir aquí con su hermana. Con esto provocaron la justicia del Altísimo y Muy Glorioso. Y el los abrasó aquí a los dos. Pero el suplicio del mundo futuro es más terrible todavía y más duradero".
    Entonces mi tío se echó a llorar, y yo lloré con él. Y después exclamó: "¡Desde ahora serás mi hijo en vez de ese otro!"
    Pero yo me puse a meditar durante una hora sobre los hechos de este mundo y en otras cosas: en la muerte de mi padre por orden del visir, en su trono usurpado, en mi ojo hundido, ¡que todos veis! y en todas estas cosas tan extraordinarias que le habían ocurrido a mi primo, y no pude menos de llorar otra vez.
    Luego salimos de la tumba, echamos la losa, la cubrimos con tierra, y dejándolo todo como estaba antes, volvimos a palacio.
    Apenas llegamos oímos sonar instrumentos de guerra, trompetas y tambores, y vimos que corrían los guerreros. Y toda la ciudad se llenó de ruidos, del estrépito y del polvo que levantaban los cascos de los caballos. Nuestro espíritu se hallaba en una gran perplejidad, no acertando la causa de todo aquello. Pero por fin mi tío acabó por preguntar la razón de estas cosas, y le dijeron: "Tu hermano ha sido muerto por el visir, que se ha apresurado a reunir sus tropas y a venir súbitamente al asalto de la ciudad. Y los habitantes han visto que no podían ofrecer resistencia, y han rendido la ciudad a discreción".
    Al oír todo aquello, me dije: "¡Seguramente me matará si caigo en sus manos!" Y de nuevo se amontonaron en mi alma las penas y las zozobras, y empecé a recordar las desgracias ocurridas a mi padre y a mi madre. Y no sabía qué hacer, pues si me veían los soldados estaba perdido. Y no hallé otro recurso que afeitarme la barba. Así es que me afeité la barba, me disfracé como pude, y me escapé de la ciudad. Y me dirigí hacia esta ciudad de Bagdad, donde esperaba llegar sin contratiempo y encontrar alguien que me guiase al palacio del Emir de los Creyentes, Harún Al-Raschid, el califa del Amo del Universo, a quien quería contar mi historia y mis aventuras.
    Llegué a Bagdad esta misma noche, y como no sabía dónde ir, me quedé muy perplejo. Pero de pronto me encontré cara a cara con este saaluk, y le deseé la paz y le dije: "Soy extranjero". Y él me contestó: "Yo también lo soy". Y estábamos hablando, cuando vimos acercarse a este tercer saaluk, que nos deseó la paz y nos dijo: "Soy extranjero". Y le contestamos: "También lo somos nosotros". Y anduvimos juntos hasta que nos sorprendieron las tinieblas. Entonces el Destino nos guió felizmente a esta casa, cerca de vosotras, señoras mías.
    Tal es la causa de que me veáis afeitado y tenga un ojo hueco.
    Cuando hubo acabado de hablar, le dijo la mayor de las tres doncellas: "Está bien; acaríciate la cabeza[1] y vete".
    Pero el primer saaluk contestó: "No me iré hasta que haya oído los relatos de los demás".
    Y todos estaban maravillados de aquella historia tan prodigiosa, y el califa dijo al visir: "En mi vida he oído aventura semejante a la de este saaluk".
    Entonces el primer saaluk fué a sentarse en el suelo, con las piernas cruzadas, y el otro dió un paso, besó la tierra entre las manos de la joven, y refirió lo que sigue:

    Historia del segundo saaluk


    La verdad es, ¡oh señora mía! que yo no nací tuerto. Pero la historia que voy a contarte es tan asombrosa, que si se escribiese con la aguja en el ángulo interior del ojo, serviría de lección a quien fuese capaz de instruirse.
    Aquí donde me ves, soy rey, hijo de un rey. También sabrás que no soy ningún ignorante. He leído el Corán, las siete narraciones, los libros capitales, los libros esenciales de los maestros de la ciencia. Y aprendí también la ciencia de los astros y las palabras de los poetas. Y de tal modo me entregué al estudio de todas las ciencias, que pude superar a todos los vivientes de mi siglo.
    Además, mi nombre sobresalió entre todos los escritores. Mi fama se extendió por el mundo, y todos los reyes supieron mi valía. Fué entonces cuando oyó hablar de ella el rey de la India, y mandó un mensaje a mi padre rogándole que me enviara a su corte, y acompañó a este mensaje espléndidos regalos, dignos de un rey. Mi padre consintió, hizo preparar seis naves llenas de todas las cosas, y partí con mi servidumbre.
    Nuestra travesía duró todo un mes. Al llegar a tierra desembarcamos los caballos y los camellos, y cargamos diez de éstos con los presentes destinados al rey de la India. Pero apenas nos habíamos puesto en marcha, se levantó una nube de polvo, que cubría todas las regiones del cielo y de la tierra, y así duró una hora. Se disipó después, y salieron de ella hasta sesenta jinetes que parecían leones enfurecidos. Eran árabes del desierto, salteadores de caravanas, y cuando intentamos huir, corrieron a rienda suelta detrás de nosotros y no tardaron en darnos alcance. Entonces, haciéndoles señas con las manos, les dijimos: "No nos hagáis daño, pues somos una embajada que lleva estos presentes al poderoso rey de la India". Y contestaron ellos: "No estamos en sus dominios ni dependemos de ese rey".
    Y en seguida mataron a varios de mis servidores, mientras que huíamos los demás. Yo había recibido una herida enorme, pero, afortunadamente, los árabes sólo se cuidaron de apoderarse de las riquezas que llevaban los camellos.
    No sabía yo dónde estaba ni qué había de hacer, pues me afligía pensar que poco antes era muy poderoso y ahora me veía en la pobreza y en la miseria. Seguí huyendo, hasta encontrarme en la cima de una montaña, donde había una gruta, y allí al fin pude descansar y pasar la noche.
    A la mañana siguiente salí de la gruta, proseguí mi camino, y así llegué a una ciudad espléndida, de clima tan maravilloso, que el invierno nunca la visitó y la primavera la cubría constantemente con sus rosas. Me alegré mucho al entrar en aquella ciudad, donde encontraría, seguramente, descanso a mis fatigas y sosiego a mis inquietudes.
    No sabía a quién dirigirme, pero al pasar junto a la tienda de un sastre que estaba allí cosiendo, le deseé la paz, y el buen hombre, después de devolverme el saludo, me abrazó, me invitó cordialmente a sentarme, y lleno de bondad me interrogó acerca de los motivos que me habían alejado de mi país. Le referí entonces cuanto me había ocurrido, desde el principio hasta el fin, y el sastre me compadeció mucho y me dijo: "¡Oh tierno joven! no cuentes eso a nadie: Teme al rey de esta ciudad, que es el mayor enemigo de los tuyos, y quiere vengarse de tu padre desde hace muchos años".
    Después me dió de comer y beber, y comimos y bebimos en la mejor compañía. Y pasamos parte de la noche conversando, y luego me cedió un rincón de la tienda para que pudiese dormir, y me trajo un colchón y una manta, y cuanto podía necesitar.
    Así permanecí en su tienda tres días, y transcurridos que fueron, me preguntó: "¿Sabes algún oficio para ganarte la vida?" Y yo contesté: "¡Ya lo creo! Soy un gran jurisconsulto, un maestro reconocido en ciencias, y además sé leer y contar". Pero él replicó: "Hijo mío, nada de eso es oficio. Es decir, no digo que no sea oficio (pues me vió muy afligido), pero no encontrarás parroquianos en nuestra ciudad. Aquí nadie sabe estudiar, ni leer, ni escribir, ni contar. No saben más que ganarse la vida". Entonces me puse muy triste y comencé a lamentarme: "¡Por Alah! Sólo sé hacer lo que acabo de decirte". Y él me dijo: "¡Vamos, hijo mío, no hay que afligirse de ese modo! Coge una cuerda y un hacha y trabaja de leñador, hasta que Alah te depare mejor suerte. Pero, sobre todo, oculta tu verdadera condición, pues te matarían". Y fué a comprarme el hacha y la cuerda, y me mandó con los leñadores, después de recomendarme a ellos.
    Marché entonces con los leñadores, y terminado mi trabajo, me eché al hombro una carga de leña, la llevé a la ciudad y la vendí por medio dinar. Compré con unos pocos cuartos mi comida, guardé cuidadosamente el resto de las monedas, y durante un año seguí trabajando de este modo. Todos los días iba a la tienda del sastre, donde descansaba unas horas sentado en el suelo con las piernas cruzadas.
    Un día, al salir al campo con mi hacha, llegué hasta un bosque muy frondoso que me ofrecía una buena provisión de leña. Escogí un gran tronco seco, me puse a escarbar alrededor de las raíces, y de pronto el hacha se quedó sujeta en una argolla de cobre. Vacié la tierra, y descubrí una tabla a la cual estaba prendida la argolla, y al levantarla, apareció una escalera que me condujo hasta una puerta. Abrí la puerta y me encontré en un salón de un palacio maravilloso. Allí estaba una joven hermosísima, perla inestimable, cuyos encantos me hicieron olvidar mis desdichas y mis temores. Y mirándola, me incliné ante el Creador, que la había dotado de tanta perfección y tanta hermosura.
    Entonces ella me miró y me dijo: "¿Eres un ser humano o un efrit? Y contesté: "Soy un hombre". Ella volvió a preguntar: "¿Cómo pudiste venir hasta este sitio donde estoy encerrada hace veinte años?" Y al oír estas palabras, que me parecieron llenas de delicia y de dulzura, le dije: "¡Oh señora mía! Alah me ha traído a tu morada para que olvide mis dolores y mis penas". Y le conté cuanto me había ocurrido, desde el principio hasta el fin, produciéndole tal lástima, que se puso a llorar, y me dijo: "Yo también te voy a contar mi historia:
    "Sabed que soy hija del rey Aknamus, el último rey de la India, señor de la Isla de Ébano. Me casé con el hijo de mi tío. Pero la misma noche de mi boda, antes de perder mi virginidad, me raptó un efrit, llamado Georgirus, hijo de Rajmus y nieto del propio Eblis, y me condujo volando hasta este sitio, al que había traído dulces, golosinas, telas preciosas, muebles, víveres y bebidas. Desde entonces viene a verme cada diez días; se acuesta esa noche conmigo, y se va por la mañana. Si necesitase llamarlo durante los diez días de su ausencia, no tendría más que tocar esos dos renglones escritos en la bóveda, e inmediatamente se presentaría. Como vino hace cuatro días, no volverá pasados otros seis, de modo que puedes estar conmigo cinco días, para irte uno antes de su llegada".
    Y yo le contesté: "Desde luego he de permanecer aquí todo ese tiempo". Entonces ella, mostrando una gran satisfacción, se levantó en seguida, me cogió de la mano, me llevó por unas galerías, y llegamos por fin al hammam, cómodo y agradable con su atmósfera tibia. Inmediatamente me desnudé, ella se despojó también de sus vestidos, quedando toda desnuda, y los dos entramos en el baño. Después de bañarnos, nos sentamos en la tarima del hammam, uno al lado del otro, y me dió de beber sorbetes de almizcle y a comer pasteles deliciosos. Y seguimos hablando cariñosamente mientras nos comíamos las golosinas del raptor.
    En seguida me dijo: "Esta noche vas a dormir y a descansar de tus fatigas para que mañana estés bien dispuesto".
    Y yo, ¡oh señora mía! me avine a dormir, después de darle mil gracias. Y olvidé realmente todos mis pesares.
    Al despertar, la encontré sentada a mi lado, frotando con un delicioso masaje mis miembros y mis pies. Y entonces invoqué sobre ella todas las bendiciones de Alah, y estuvimos hablando durante una hora cosas muy agradables. Y ella me dijo: "¡Por Alah! Antes de que vinieses vivía sola en este subterráneo, y estaba muy triste, sin nadie con quien hablar, y esto durante veinte años. Por eso bendigo a Alah, que te ha guiado junto a mí".
    Después, con voz llena de dulzura, cantó esta estrofa:

    ¡Si de tu venida
    Nos hubiesen avisado anticipadamente,
    Habríamos tendido como alfombra para tus pies
    La sangre pura de nuestros corazones
    y el negro terciopelo de nuestros ojos!
    ¡Habríamos tendido la frescura de nuestras mejillas
    Y la carne juvenil de nuestros muslos sedosos
    Para tu lecho, ¡oh, viajero de la noche!
    ¡Porque tu sitio está encima de nuestros párpados!
    Al oír estos versos le di las gracias con la mano sobre el corazón, y sentí que su amor se apoderaba de todo mi ser, haciendo que tendieran el vuelo mis dolores y mis penas. En seguida nos pusimos a beber en la misma copa, hasta que se ausentó el día. Y aquella noche me acosté con ella, para gozar de la mayor felicidad. ¡Y jamás en mi vida he pasado una noche semejante! Por eso cuando llegó la mañana nos levantamos muy satisfechos uno de otro y realmente poseídos de una dicha sin límites.
    Entonces, más enamorado que nunca, temiendo que se acabase nuestra felicidad, le dije: "¿Quieres que te saque de este subterráneo y que te libre del efrit?" Pero ella se echó a reír, y me dijo: "¡Calla, y conténtate con lo que tienes! Ese pobre efrit solo vendrá una vez cada diez días, y todos los demás serán para ti". Pero exaltado por mi pasión, me excedí demasiado en mis deseos, pues repuse: "Voy a destruir esas inscripciones mágicas, y en cuanto se presente el efrit, lo mataré. Para mí es un juego exterminar a esos efrits, ya sean de encima o de debajo de la tierra".
    Y la joven, queriendo calmarme, recitó estos versos:
    ¡Oh tú, que pides un plazo antes de la separación y que encuentras dura la ausencia! ¿no sabes que es el medio de no encadenarse? ¿no sabes que es sencillamente el medio de amar?
    ¿Ignoras que el cansancio es la regla de todas las relaciones, y que la ruptura, es la conclusión de todas las amistades...?
    Pero yo, sin hacer caso de estos versos que ella me recitaba, di un violento puntapié en la bóveda...
    En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


    Notas del traductor
    [1] Es decir: haz el ademán de saludar, llevándote la mano a la cabeza. Es una de las maneras de saludar a la oriental

    047



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    PERO CUANDO LLEGO LA 47ª NOCHE
    Ella dijo:
    He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la vieja, Madre de todas las Calamidades, dijo: "¡Nada de eso; mi desafío es formal!"
    Entonces la joven vencedora repuso: "¡Oh mi señora, Madre de todas las Calamidades! Si verdaderamente te quedan fuerzas para luchar, he aquí que pronto lo sabrán mis brazos". Y avanzó hacia la vieja, que se ahogaba de cólera, y todos los pelos de su horrible cuerpo se habían puesto de punta, como espinas de erizo. Y dijo la vieja: "¡Por el Mesías! ¡Que no hemos de luchar sino desnudas!" Y se despojó de todas sus ropas, se desató el pantalón, lo tiró a lo lejos, y se rodeó la cintura con un pañuelo, atándoselo sobre el ombligo. Y así aparecía en toda su horrorosa fealdad, y semejaba una serpiente con manchas blancas y negras. Después se volvió hacia la joven y le dijo: "¿Qué aguardas para desnudarte?"
    Entonces la joven se quitó una tras una sus ropas, y por último su pantalón de seda inmaculada. Y de debajo de él, como moldeados en mármol, aparecieron los muslos en toda su gloria, y sobre ellos un montecillo suave y esplendoroso, como de leche y cristal, redondeado y cultivado, un vientre aromático con sonrosados hoyuelos, que exhalaba una delicadeza de almizcle, como vergel de anémonas, y un pecho con dos granadas gemelas, soberbiamente hinchadas, coronándolas deliciosos pezones.
    Y súbitamente se enlazaron las dos luchadoras.
    ¡Todo eso fué! Scharkán se reía de la fealdad de la vieja, al mismo tiempo que admiraba las perfecciones de la joven, de miembros armoniosos. Y levantó la cabeza al cielo, y pidió fervorosamente a Alah la victoria de la joven sobre la vieja.
    Y he aquí que en el primer asalto la joven luchadora se desprendió en seguida. Agarró a la vieja por el pescuezo, sujetándola con la mano izquierda, hundió la otra mano en la ranura de los muslos, la levantó a pulso y la tiró a sus pies en el suelo. Y la vieja cayó pesadamente de espaldas, retorciéndose. Y el golpe le hizo levantar las piernas al aire, quedando al descubierto, con toda su risible fealdad, los detalles peludos de su piel arrugada. Y soltó dos terribles pedos, uno de los cuales levantó una nube de polvo, y el otro subió a modo de columna de humo hacia el cielo.
    ¡Y desde arriba, la luna iluminaba toda esta escena!
    Mientras tanto, Scharkán se reía silenciosamente hasta el límite de la risa, de tal modo, que se cayó de espaldas. Pero se levantó y dijo: "¡Realmente, esta vieja merece el nombre de Madre de todas las Calamidades! Ya veo que es una cristiana, lo mismo que la joven victoriosa, y las otras diez mujeres". Y se aproximó al lugar de la lucha, y vió a la joven luchadora que cubría con un velo de seda muy fina las desnudeces de la vieja, y le ayudaba a ponerse la ropa. Y le decía: "¡Oh mi señora, Madre de todas las Calamidades! Dispénsame. Si he luchado contigo, ha sido porque tú lo pediste. No tengo la culpa de lo ocurrido, pues si caíste de ese modo, fué por haberte escurrido, de entre mis manos. Pero afortunadamente, no te has hecho daño ninguno".
    Y la vieja, llena de confusión, se alejó rápidamente, sin contestar nada, y desapareció en el monasterio. Y sólo quedaron en la pradera las diez jóvenes rodeando a su ama.
    Y Scharkán pensó: "¡Sea cual fuere el Destino, siempre es beneficioso! Estaba escrito que había de dormirme sobre el caballo, para despertarme aquí. Y esto es por mi buena suerte. Porque esa admirable luchadora de musculatura tan perfecta, así como sus diez compañeras no menos deseables, han de servir de pasto al fuego de mi deseo!"
    Y montó en su caballo seglauíjedrán, y avanzó hacia aquel lugar con el alfanje desenvainado. Y el caballo corría con la rapidez del dardo lanzado por una mano poderosa. Y he aquí que Scharkán llegó a la pradera, y exclamó: "¡Sólo Alah es grande!"
    Y la joven se levantó rápida, corrió hacia la orilla del río, que tenía seis brazas de ancho, y de un salto se puso al otro lado. Y desde allí gritó con voz enérgica, aunque deliciosa: "¿Quién eres para atreverte a perturbar nuestro retiro? ¿Cómo te aventuras a lanzarte sobre nosotras blandiendo la espada, cual un soldado entre los soldados? ¡Di de dónde vienes y adónde vas! Y no quieras engañarme, pues la mentira sería tu perdición. Sabe que estás en un sitio del cual no ha de serte fácil salir en bien. Me bastaría gritar para que acudiesen en seguida cuatro mil guerreros cristianos guiados por sus jefes. Di, pues, lo que deseas. Si es que te has extraviado por el bosque, te indicaremos de nuevo el camino. ¡Habla!"
    Y Scharkán contestó a estas palabras de la bella luchadora: "Soy un musulmán entre los musulmanes. ¡No me he extraviado, pues acerté mi camino! Vengo en busca de botín de carne joven que refresque esta noche a la luz de la luna el fuego de mi deseo! ¡Y he aquí diez jóvenes esclavas que me convienen mucho, y a las cuales satisfaré por completo! Y si quedan contentas, me las llevaré adonde están mis amigos".
    Entonces la joven dijo: "¡Insolente soldado! ¡Sabe que ese pasto de que hablas no está dispuesto para ir a parar a tus manos! ¡Además, no es ese tu propósito pues acabas de mentir!"
    Y Scharkán contestó: "¡Oh mi señora! ¡Cuán feliz será aquel que pueda contentarse, por todo bien, con Alah solamente, sin sentir otro deseo!"
    Ella dijo: "¡Por el Mesías! ¡Debería llamar a los guerreros para que te prendiesen! Pero soy compasiva con los extranjeros, sobre todo cuando son jóvenes y atrayentes como tú. ¿Hablas de pasto para tus deseos? ¡Pues bien! Consiento. Pero con la condición de que bajes del caballo y jures por tu fe que no te servirás de tus armas contra nosotras y consentirás en trabar conmigo singular combate. Si me vences, yo y todas estas jóvenes te perteneceremos, y hasta me podrás llevar contigo en tu caballo; pero si eres vencido, serás mi esclavo. ¡Júralo por tu fe!"
    Y Scharkán pensó: "¿Esta joven ignora mi fuerza, y cuán desfavorable había de serle luchar conmigo?"
    Después dijo: "Te prometo, ¡oh joven! que no tocaré mis armas y que sólo lucharé contigo del modo que tú quieras luchar. ¡Si quedase vencido, tengo bastante dinero para pagar mi rescate; pero si te venciese, tendría con tu posesión un botín digno de rey! ¡Juro, pues, obrar así por los méritos del Profeta! ¡Sean para él la plegaria y la paz de Alah!" Y la joven dijo: "Jura por Aquel que ha introducido las almas en los cuerpos y ha dado sus leyes a los humanos".
    Y Scharkán prestó el juramento. Entonces la joven franqueó el río de otro salto, y volvió a la orilla, junto a aquel joven desconocido. Y sonriéndole le dijo: "He de lamentar que te marches, ¡oh mi señor! pero no debes permanecer aquí, porque se acerca la mañana, van a venir los guerreros y caerías en sus manos. Y ¿cómo podrías resistir a mis guerreros, cuando una sola de mis mujeres te vencería?" Y dicho esto, la joven luchadora quiso alejarse hacia el monasterio, sin trabar ninguna lucha.
    Y Scharkán llegó al límite del asombro; pero intentó detener a la joven, y le dijo: "¡Oh dueña mía! Desdeña, si quieres, el luchar conmigo, pero ¡por favor! no te alejes así. ¡No abandones al extranjero lleno de corazón!" Y ella, sonriendo, contestó: "¿Qué quieres, joven extranjero? ¡Habla, y tu deseo quedará satisfecho!"
    Y Scharkán dijo: "Después de pisar el suelo de tu país, ¡oh mi señora! y de haberme endulzado con las mieles de tu gentileza, ¿cómo alejarme sin haber gustado el manjar de tu hospitalidad? ¡Heme aquí convertido en un esclavo entre tus esclavos!" Y ella contestó, apoyando sus palabras con una sonrisa incomparable: "Verdad dices, ¡oh joven extranjero! El corazón que niega la hospitalidad, es un corazón infame. Haz, pues, el favor de aceptar la mía, y tu lugar estará sobre mi cabeza y sobre mis ojos. Monta de nuevo en tu caballo, y sígueme por la orilla del río. ¡Eres mi huésped desde este momento!"
    Entonces Scharkán, lleno de alegría, montó a caballo, y echó a andar junto a la joven, seguido de todas las demás, hasta llegar a un puente levadizo de madera de álamo, tendido frente a la puerta principal del monasterio, que subía y bajaba por medio de cadenas y garruchas. Entonces se apeó Scharkán. La joven llamó a una de sus doncellas, y en lengua griega le dijo: "Toma ese caballo, llévalo a las cuadras y cuida de que nada le falte".
    Y Scharkán se lo agradeció a la joven: "¡Oh soberana de belleza! he aquí que llegas a ser para mí cosa sagrada, y sagrada doblemente, por tu hermosura y por tu hospitalidad. ¿Quieres volver sobre tus pasos y acompañarme a Bagdad, mi ciudad, en el país de los musulmanes, donde verás cosas maravillosas y admirables guerreros?
    Entonces sabrás quién soy. ¡Ven, joven cristiana, vamos a Bagdad!" Y la hermosa repuso: "¡Por el Mesías! Te creía más sensato, ¡oh joven! ¿Intentas raptarme? Pretendes llevarme a Bagdad, donde caería en manos de ese terrible rey Omar Al-Nemán, que tiene trescientas sesenta concubinas en doce palacios, precisamente según el número de los días y los meses. Y abusaría ferozmente de mi juventud, pues serviría para satisfacer sus deseos durante una noche, y después me abandonaría. ¡Tal es la costumbre entre vosotros los musulmanes! No hables, pues, así, ni esperes convencerme. ¡Aunque fueras Scharkán en persona, el hijo del rey Omar, cuyos ejércitos invaden nuestro territorio, no te haría caso!
    Sabe que en este momento diez mil jinetes de Bagdad, guiados por Scharkán y el visir Dandán, atraviesan nuestras fronteras para reunirse con el ejército del rey Afridonios de Constantinia. Y si quisiera, iría yo sola a su campamento y mataría a Scharkán y al visir Dandán, porque son nuestros enemigos. Pero ahora, ven conmigo, ¡oh joven extranjero!"
    En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

    sábado, julio 02, 2011

    Noche 046



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    Pero cuando llego la 46ª noche

    Ella dijo:

    Y he aquí en qué consistían aquellos presentes del rey Afridonios, señor de Contantinia:

    Había cincuenta muchachas vírgenes, bellas entre las más bellas de las hijas de Grecia. Había cincuenta muchachos, los mejor formados del país de los rumís, y cada uno de aquellos maravillosos jóvenes llevaba un ancho ropón de amplias mangas, todo de seda con dibujos de oro y figuras de colores, y un cinturón de oro con cinceladuras de plata, al cual iba unida una doble falda de brocado y terciopelo, y en las orejas un arete de oro con una perla redonda y blanca que valía más de mil dinares titulados de oro. Y por su parte, las muchachas llevaban también incalculables magnificencias.

    Así es que el rey Omar los aceptó muy complacido, y ordenó que se tratara a los embajadores con todas las consideraciones debidas. Y mandó reunir a los visires para saber su opinión acerca del socorro pedido por el rey Afridonios de Constantinia. Entonces, de entre los visires se levantó un anciano venerable, respetado por todos y asimismo amado por todos. Era el gran visir, llamado Dandán.

    Y el gran visir, llamado Dandán, dijo:

    "Cierto es, ¡oh sultán glorioso! que ese rey Afridonios, señor de Constantinia la Grande, es un cristiano, infiel a la ley de Alah y de su Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz!), y que su pueblo es un pueblo de descreídos. Aquel contra el cual pide socorro, es también un infiel y un descreído. Así es que sus asuntos sólo a ellos les importan, y no pueden interesar ni conmover a los creyentes. Pero de todos modos, te invito a otorgar tu alianza al rey Afridonios y a enviarle un ejército, a cuya cabeza pondrás a tu hijo Sharkán, que precisamente acaba de volver de sus expediciones gloriosas. Y esta idea que te propongo es buena por dos razones: la primera, que el rey de los rumís, al enviarte sus embajadores con los regalos que aceptaste, te pide ayuda y protección; la segunda, que como no tenemos nada que temer de ese reyezuelo de Kaissaria, ayudando al rey Afridonios contra su enemigo obtendrás excelentes resultados y te considerarán como el verdadero vencedor. Y esta proeza será conocida de todos los países, y llegará hasta Occidente. Y entonces los reyes de Occidente solicitarán tu amistad y te enviarán portadores de numerosos regalos de todas clases y de presentes extraordinarios".

    Cuando el sultán Omar Al-Nemán hubo oído las palabras de su gran visir Dandán, expresó un gran contento, las encontró muy dignas de aprobación, y le dió un ropón de honor, diciéndole: "¡Has nacido para ser inspirador y consejero de reyes! Por eso tu presencia es absolutamente necesaria al frente del ejército. En cuanto a mi hijo Scharkán, no mandará más que la retaguardia".

    Y el rey mandó llamar en el acto a su hijo Scharkán, le dió cuenta de todo lo que había dicho a los enviados y había propuesto el gran visir Dandán, y le encargó que hiciera sus preparativos de marcha. Y también le encargó que no olvidara distribuir entre los soldados, con la largueza de siempre, las donaciones acostumbradas. Y que los eligiera uno por uno entre los mejores del ejército, formando un cuerpo de diez mil jinetes endurecidos por la guerra y las fatigas. Y Scharkán se sometió respetuosamente a las palabras de su padre Omar Al-Nemán.

    Después se levantó y fué a elegir diez mil jinetes entre los mejores. Repartió a manos llenas oro y riquezas, y les dijo: "¡Ahora os doy tres días completos de reposo y libertad!" Y los diez mil arrogantes jinetes, sumisos a su voluntad, besaron la tierra entre sus manos y salieron, colmados de larguezas, a equiparse para la marcha.

    Scharkán fué entonces al salón donde estaban las arcas del Tesoro y el depósito de armas y municiones, y eligió las armas más hermosas, las nieladas de oro, con inscripciones de marfil y ébano. Y así escogió cuanto anhelaron su gusto y su preferencia. Marchó después a las caballerizas, donde se veían todos los caballos más bellos de Nedjed y de Arabia, cada uno de los cuales llevaba su genealogía sujeta al cuello en un saquito con labores de seda y oro adornado con una turquesa.

    Allí escogió los caballos de las razas más famosas, y para sí eligió un bayo oscuro, de piel lustrosa, ojos a flor de cara, anchos cascos, cola soberbiamente alta y orejas finas como las de las gacelas. Este caballo se lo había regalado a Omar Al-Nemán el jeique de una poderosa tribu árabe, y era de raza seglauíjedrán.(Una de las más hermosas del Norte y centro de Arabia)

    Y transcurridos los tres días, se reunieron los soldados fuera de la población. Y el rey Omar Al-Nemán salió para despedirse de su hijo Scharkán y del gran visir Dandán. Y se acercó a Scharkán, que besó la tierra entre sus manos, y le hizo donación de siete arcas llenas de monedas, y le encargó que se aconsejase del sabio visir Dandán. Y Scharkán lo escuchó con respeto, y así se lo prometió a su padre. Entonces el rey se volvió hacia el visir Dandán, y le recomendó a su hijo Scharkán y a los soldados de Scharkán. Y el visir besó la tierra entre sus manos, y respondió: "Escucho y obedezco".

    Y Scharkán montó en su caballo seglauíjedrán, y mandó desfilar a los jefes de su ejército y a sus diez mil jinetes. Después besó la mano del rey Omar Al-Nemán, y acompañado del visir Dandán, lanzó su corcel al galope. Y todos partieron entre los redobles de los tambores de guerra, al son de los pífanos y clarines. Por encima de ellos se desplegaban los estandartes y ondeaban al viento las banderas.

    Servían de guías los embajadores. Siguieron marchando durante todo el día, y después todo el siguiente, y otros más, y así durante veinte días. Y sólo se detenían de noche para descansar. Y llegaron a un valle cubierto de bosques y lleno de arroyos. Y como era de noche, Scharkán dió orden de acampar e hizo saber que el reposo duraría tres días. Y se apearon los jinetes, armaron las tiendas y se dispersaron por todas partes. Y el visir Dandán mandó colocar su tienda en el centro del valle, y junto a ella las de los enviados del rey Afridonios de Constantinia.

    En cuanto a Scharkán, tan pronto como se dispersaron los soldados, mandó a sus guardias que lo dejaran solo y fueran adonde estaba el visir. Y después soltó las riendas a su corcel, pues quería recorrer el valle y poner en práctica los consejos de su padre el rey Omar, el cual le había encargado que tomase todas las precauciones al acercarse al país de los rumís, fueran amigos o enemigos. Y no dejó de galopar hasta que hubo transcurrido la cuarta parte de la noche. Entonces el sueño le cayó pesadamente sobre los párpados y se vió imposibilitado de galopar. Y como tenía la costumbre de dormir encima del caballo, dejó que el caballo anduviera al paso, y así se durmió.

    El caballo siguió andando hasta media noche, llegó en medio de un bosque, se detuvo, y golpeó violentamente el suelo con el casco. Y Scharkán se despertó en medio de la selva, que estaba iluminada en aquel momento por la claridad de la luna. Se alarmó al encontrarse en aquel lugar desconocido y solitario, pero dijo en alta voz las palabras que vivifican: "¡No hay poder ni fuerza más que en Alah el Altísimo!" E inmediatamente se reconfortó su alma. Y ya no temía a las bestias feroces del bosque.

    Y la luna milagrosa plateaba el claro del bosque, tan bello, que parecía arrancado del paraíso. Y Scharkán oyó, cerca de él, una voz deliciosa. Y risas. ¡Pero qué risas! Si las hubieran oído los humanos, habrían enloquecido por el deseo de beberlas en la misma boca y morir.

    En seguida Scharkán saltó del caballo y se internó entre los árboles en busca de la voz. Y anduvo hasta las orillas de un río blanco, de aguas transparentes y cantoras. Y al canto del agua contestaban la voz de los pájaros, el lamento de las gacelas y el concierto hablado de todos los animales. Y juntos formaban un canto armonioso, lleno de esplendor. Y en el suelo se extendía el bordado de flores y plantas, como dice el poeta:

    ¡Sólo es bella la tierra ¡oh locura mía! cuando se tiñe con sus flores! ¡Sólo es bella el agua cuando se enlaza con las flores! ¡Una al lado de las otras!

    ¡Gloria al que creó la tierra, las flores y las aguas, y te puso en la tierra, ¡oh locura mía! cerca de las flores y del agua!

    Y Scharkán vió en la orilla opuesta, iluminada por la Iuna, la fachada de un monasterio blanco con una alta torre que rasgaba los aires. Este monasterio bañaba su planta en las aguas del río. Frente a él se extendía una pradera en la que estaban sentadas diez esclavas blancas, rodeando a una joven. Y eran como lunas. Iban vestidas con trajes amplios y ligeros. Eran vírgenes, y reunían las maravillas de que habla el poeta:

    ¡He aquí que la pradera reluce! ¡Porque hay en ella blancas jóvenes de carne ingenua, jóvenes ingenuas y blancas de maravilloso resplandor! ¡Y la pradera tiembla y se estremece!

    ¡Hermosas y sobrenaturales jóvenes! Una cintura delgada y flexible. Un andar gallardo y melodioso. Y la pradera tiembla y se estremece.

    ¡Tendida la cabellera, que va desbordándose sobre el cuello como el racimo sobre la cepa! ¡Rubias o morenas, racimos rubios, racimos morenos! ¡Oh graciosas cabelleras!

    ¡Jóvenes atrayentes y seductoras! ¡Qué encanto el de vuestros ojos! La tentación de vuestros ojos, las flechas de vuestros ojos, hablan de mi muerte!

    Y la joven a la que rodeaban las diez esclavas blancas, era la luna llena. Sus cejas se arqueaban espléndidamente; su frente era como la primera claridad de la mañana; sus párpados ostentaban la curva de sus pestañas de terciopelo, y su cabellera se anillaba en las sienes con rizos deliciosos. Era tan admirable como la pinta el poeta en estos versos:

    Altiva me ha mirado, ¡pero qué miradas tan deliciosas! ¡Su cintura es recta y dura! ¡Lanzas rectas y duras, encorvaos contusas ante ella!

    ¡Se adelanta! ¡Hela aquí! ¡Mirad sus mejillas, las flores sonrosadas de sus mejillas! ¡Conozco su dulzura y todo su frescor!

    ¡Mirad el rizo negro de su cabello sobre el candor de su frente! ¡Es el ala de la noche que reposa en la serenidad de la mañana!

    Y era aquella cuya voz había oído Scharkán. Y decía en árabe a las esclavas que estaban con ella: "¡Por el Mesías! Sois unas desvergonzadas; lo que hicisteis es una cosa mala y horrible. Si alguna lo vuelve a hacer, la ataré con el cinturón, y le azotaré las nalgas". Después se echó a reír, y dijo: "¡Vamos a ver cuál de vosotras podrá vencerme en la lucha! ¡Las que quieran luchar que vengan antes de que se ponga la luna y aparezca la mañana!"

    Y una de las jóvenes se levantó y quiso luchar con su ama, pero en seguida fué derribada al suelo; después la segunda, y la tercera, y todas las demás. Y cuando triunfó de todas las esclavas, salió súbitamente del bosque una vieja que, dirigiéndose al grupo, dijo: "¿piensas haber alcanzado un gran triunfo derribando a estas pobres muchachas que no tienen ninguna fuerza? Si verdaderamente sabes luchar, atrévete a luchar conmigo. ¡Soy vieja, pero todavía puedo ser maestra tuya! ¡Ven, pues!"

    Pero la joven contuvo su furor, y dijo sonriendo a la vieja: "¡Oh respetable Madre de todas las Calamidades! ¡Por el Mesías! ¿Quieres realmente luchar conmigo, o sólo ha sido una broma?"

    La vieja respondió: "¡Nada de eso! ¡Mi desafío es formal!"

    En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

    045



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    Pero cuando llego la 45ª noche
    Ella dijo:
    A todo esto, Scharkán, el hijo del rey, se enteró del embarazo de la concubina, y experimentó una gran pena, sobre todo al pensar en que el recién llegado pudiera disputarle la sucesión al trono. Y resolvió suprimir al hijo de la concubina, en caso de que fuera varón. Esto en cuanto a Scharkán.
    Por lo que se refiere a la concubina, hay que decir que era una joven griega llamada Safía.(1)
    Había sido enviada como presente al rey Omar por el rey de los griegos de Kaissaria (2) con gran cantidad de regalos magníficos.
    Entre todas las esclavas del palacio, era ciertamente la más hermosa por su rostro incomparable, la más esbelta de cintura y la más recia de muslos y de hombros. Además, estaba dotada de una inteligencia muy poco común y de cualidades extraordinarias. Durante las noches, que ahora pasaba el rey Omar con ella, sabía decirle palabras muy dulces, que le encantaban los sentidos y le halagaban mucho; palabras penetrantes, muy dulces y muy expresivas. Y no dejó de hacerlo así, hasta que llegó al término de su preñez. Entonces se sentó en la silla de las parturientas, y presa de dolores de parto, empezó a implorar a Alah devotamente. Y Alah la escuchó sin duda alguna y al momento.
    Por su parte, el rey Omar encargó a un eunuco que fuera a anunciarle sin demora el nacimiento de la criatura y su sexo. Y por su parte, Scharkán tampoco dejó de hacer el mismo encargo a otro eunuco.
    Apenas parió Safía, cuando las comadronas recogieron a la criatura y la examinaron, y habiendo visto que era una niña, se apresuraron a anunciárselo a todas las concurrentes y a los eunucos, clamando: "¡Es una niña! ¡Su rostro es más brillante que la luna!" Y el eunuco del rey corrió presuroso a referírselo a su amo. Y el eunuco de Scharkán corrió también a anunciar la noticia. Y Scharkán se alegró en extremo.
    Pero apenas habían salido los eunucos, Safía dijo a las comadronas: "¡Aguardad! ¡Noto que mis entrañas contienen otra cosa!" Y empezó a exhalar nuevos lamentos y a sentir nuevos dolores de parto, y luego, con ayuda de Alah, acabó por parir un segundo hijo.
    Y las comadronas se inclinaron rápidamente y examinaron a la criatura; y era un varón que se parecía a la luna llena, con una frente que deslumbraba de blancura y unas mejillas como rosas floridas.
    Así se alegraron mucho las esclavas, las doncellas y todas las que estaban allí, y en cuanto parió Safía, todas las mujeres llenaron el palacio con sus gritos de alegría, gritos penetrantes que llegaban hasta la nota más aguda. Y de tal manera, que todas las demás concubinas lo oyeron y lo entendieron. Y todas adelgazaron de envidia y malestar.
    En cuanto al rey Omar Al-Nemán, apenas hubo averiguado la noticia, dió gracias a Alah, y acudió al aposento de Safía, se acercó a ella, le cogió la cabeza con las manos y la besó en la frente. Después se inclinó hacia el recién nacido y lo besó, y en seguida todas las esclavas golpearon las panderetas, y las tañedoras de instrumentos pulsaron las cuerdas armoniosas, y las cantadoras entonaron cantos propios del caso.
    Hecho esto, mandó el rey que se llamase al recién nacido Daul' makán (Luz del lugar) y a la niña Nozhatú-zamán. (Delicias del tiempo) Y todos se inclinaron para decir "Escucho y obedezco". En seguido eligió las nodrizas y las sirvientas para los dos niños, así como las esclavas y doncellas. Y por último, mandó repartir entre toda la gente de palacio, vinos, bebidas, perfumes y tantas otras cosas, que la lengua sería incapaz de enumerarlas.
    Cuando los habitantes de Bagdad se enteraron del doble nacimiento, adornaron e iluminaron la ciudad e hicieron grandes demostraciones de regocijo.
    Después llegaron los emires, los visires y los grandes del reino, y presentaron sus homenajes y felicitaciones al rey Omar Al-Nemán por el nacimiento de su hijo Daul'makán y de su hija Nozhatú-zamán. Y el rey les dió las gracias, y les regaló trajes de honor, y les colmó de favores y mercedes, y obsequió a todos los circunstantes con gran largueza, tanto a los notables como a la plebe. Y así siguió hasta que transcurrieron cuatro años. Y durante todo aquel tiempo no dejó pasar ni un solo día sin tener noticias de Safía y de los niños. Y no cesó de enviar a Safía gran cantidad de oro y plata, alhajas, orfebrería, vestidos, sedas y otras maravillas. Y tuvo buen cuidado de confiar la educación de los niños y su custodia a los más adictos y avisados de sus servidores. ¡Y esto fue todo!
    En cuanto a Scharkán, como andaba muy lejos guerreando y combatiendo, tomando ciudades, cubriéndose de gloria en las batallas y venciendo a los héroes más valerosos, no había sabido más que el nacimiento de su hermana Nozhatú-zamán. Pero el nacimiento de su hermano Daul'makán, ocurrido después de la salida del eunuco, nadie había pensado en comunicárselo.
    Un día entre los días, estando sentado en su trono el rey Omar Al-Nemán, entraron los chambelanes de palacio, besaron la tierra entre sus manos, y le dijeron: "¡Oh rey! he aquí que llegan enviados del rey Afridonios, soberano de los rumís y de Constantinia la Grande. Y solicitan ser recibidos por ti en audiencia y presentarte sus homenajes. De modo que si accedes les daremos entrada, y si no, tu negativa acallará sus réplicas". Y el rey concedió el permiso.
    Cuando entraron los enviados, el rey los recibió con bondad, les mandó acercarse, les pidió noticias de su salud, y los interrogó acerca del motivo de su visita. Entonces besaron la tierra entre sus manos y dijeron:
    "¡Oh rey grande y venerable, de alma elevada e infinitamente generosa! sabe que el que hacia ti nos ha enviado es el rey Afridonios, señor del país de Grecia y de Jonia y de todos los ejércitos de las comarcas cristianas, y cuya residencia es el trono de Constantinia (Constantinopla).
    Nos encarga te avisemos que acaba de emprender una guerra terrible contra un tirano feroz, el rey Hardobios, dueño de Kaissaria. "La causa de esta guerra es la siguiente: un jefe de tribus árabes había encontrado, en un país recién conquistado, un tesoro de las edades remotas, del tiempo de El-Iskandar el de los Dos Cuernos.(3)
    Este tesoro contenía riquezas incalculables, cuya evaluación nos sería imposible; pues, entre otras maravillas encerraba tres gemas tan gordas como huevos de avestruz, pedrerías sin tacha y sin defecto, y que rivalizan en belleza y en valor con todas las pedrerías de la tierra y del agua. Estas tres gemas preciosas están perforadas por el centro para enhebrarlas en un cordón y servir de collar. Tienen inscripciones misteriosas grabadas en caracteres jónicos, pero se sabe que llevan consigo numerosas virtudes, uno de cuyos menores efectos es preservar, a toda persona que se ponga una de ellas al cuello, de todas las enfermedades, y especialmente de calenturas e irritaciones.
    Los recién nacidos son los más sensibles a estas virtudes.
    "Por lo tanto, cuando el jefe árabe se dió cuenta de estos efectos maravillosos y sospechó las demás virtudes misteriosas, pensó que aquella era la mejor ocasión de granjearse la buena voluntad de nuestro rey Afridonios, y se dispuso inmediatamente a enviarle como regalo las tres gemas preciosas, así como una gran parte del tesoro.
    Mandó, pues, preparar dos naves, una cargada de riquezas, con las tres gemas preciosas destinadas como regalo a nuestro rey, y otra tripulada por hombres que iban como escolta de aquel precioso tesoro, para preservarle de los ataques de ladrones o enemigos. Sin embargo, estaba seguro de que nadie se atrevería a atacarle, ni a él directamente ni a las cosas enviadas por él y destinadas a nuestro poderoso rey Afridonios, pues el camino que habían de seguir los navíos era por el mar, a cuyo extremo se encuentra Constantinia.
    "Por eso, apenas estuvieron dispuestos los dos navíos, zarparon y se dieron a la vela hacia nuestro país. Pero un día que habían fondeado en una rada, no lejos de nuestra tierra, los asaltaron súbitamente unos soldados griegos de nuestro vasallo el rey Hardobios de Kaissaria, y les arrebataron cuanto allí se había acumulado en riquezas, tesoros y cosas maravillosas, y entre éstas las tres gemas preciosas. Y después mataron a todos los hombres y se apoderaron de las naves.
    "Cuando tal acción llegó a conocimiento de nuestro rey, mandó inmediatamente contra el rey Hardobios un cuerpo de ejército que fue aniquilado. En seguida mandó otro, que fue aniquilado también. Entonces nuestro rey Afridonios se enfureció en extremo, y juró que se pondría personalmente al frente de todos sus ejércitos reunidos y no regresaría hasta haber destruido la ciudad de Kaissaria, asolando todo el reino de Hardobios y arruinando por completo todos los pueblos que de él dependieran.
    "Y ahora, ¡oh sultán lleno de gloria! venimos a reclamar tu auxilio y a solicitar tu eficaz y poderosa alianza. Y al ayudarnos con tus fuerzas y soldados, indudablemente has de acrecentar tu gloria e ilustrarte con nuevas hazañas”.
    "Y he aquí que nuestro rey nos ha cargado con pesados regalos de todas clases, como homenaje a tu generosidad, y te ruega con insistencia que le otorgues el favor de verlos con buenos ojos y aceptarlos con corazón magnánimo".
    Dichas estas palabras, los enviados se callaron y se prosternaron y besaron la tierra entre las manos del rey Omar Al-Nemán.
    Y he aquí en qué consistían aquellos presentes del rey Afridonios, señor de Constantinia ...
    En este momento de su narración, Schehrazada vió apuntar la mañana, y se calló discretamente.


    Notas del traductor

    [1[ Límpida y pura como el agua.
    [2] Acaso Cesárea de Capadocia.
    [3 ]Los árabes llaman así a Alejandro Magno, con motivo de su caballo Bucéfalo

    007



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    Pero cuando llegó la séptima noche

    Ella dijo:
    He llegado a saber, ¡oh rey afortunado!, que cuando los peces empezaron a hablar, la joven volcó la sartén con la varita, y salió por donde había entrado, cerrándose la pared de nuevo. Entonces el visir se levantó y dijo: "Es esta una cosa que verdaderamente no podría ocultar al rey". Después se marchó en busca del rey y le refirió lo que había pasado en su presencia. Y el rey dijo: tengo que ver eso con mis propios ojos. Y mandó llamar al pescador y le ordenó que volviera con cuatro peces iguales a los primeros, para lo cual le dió tres días de plazo. Pero el pescador marchó en seguida al estanque, y trajo inmediatamente los cuatro peces. Entonces el rey dispuso que le dieran cuatrocientos dinares, y volviéndose hacia el visir, le dijo: "Prepara tú mismo delante de mí esos pescados". Y el visir contestó: "Escucho y obedezco". Y entonces mandó llevar la sartén delante del rey, y se puso a freír los peces, después de haberlos limpiado bien, y en cuanto estuvieron fritos por un lado, los volvió del otro. Y de pronto se abrió la pared de la cocina y salió un negro semejante a un búfalo entre los búfalos, o a un gigante de la tribu de Had, y llevaba en la mano una rama verde, y dijo con voz clara y terrible: "¡Oh peces! ¡oh peces! ¿Seguís sosteniendo vuestra antigua promesa?".
    Y los peces levantaron la cabeza desde el fondo de la sartén, y dijeron: "Cierto que sí, cierto que sí". Y declamaron a coro estos versos:
    ¡Si tú vuelves hacia atrás, nosotros volveremos! ¡Si tú cumples tu promesa, nosotros cumpliremos la nuestra! ¡Pero si te resistes, gritaremos tanto que acabarás por ceder!
    Después el negro se acercó a la sartén, la volcó con la rama, y los peces se abrasaron, convirtiéndose en carbón. El negro se fue entonces por el mismo sitio por donde había entrado. Y cuando hubo desaparecido de la vista de todos, dijo el rey: "Es éste un asunto sobre el cual, verdaderamente, no podríamos guardar silencio. Además, no hay duda que estos peces deben tener una historia muy extraña". Y entonces mandó llamar al pescador, y cuando se presentó el pescador le dijo: "¿De dónde proceden estos peces?" El pescador contestó: "De un estanque situado entre cuatro colinas, detrás de la montaña que domina tu ciudad". Y el rey, volviéndose hacia el pescador, le dijo: "¿Cuántos días se tarda en llegar a ese sitio?".
    Y dijo el pescador: "¡Oh sultán, señor nuestro! Basta con media hora".
    El sultán quedó sorprendidísimo, y mandó a sus soldados que marchasen inmediatamente con el pescador. Y el pescador iba muy contrariado, maldiciendo en secreto al efrit. Y el rey y todos partieron y subieron a una montaña, y bajaron hasta una vasta llanura que en su vida habían visto antes. Y el sultán y los soldados se asombraron de esta extensión desierta, situada entre cuatro montañas, y de aquel estanque en que jugaban peces de cuatro colores: rojos, blancos, azules y amarillos. Y el rey se detuvo y preguntó a los soldados y a cuantos estaban presentes: "¿Hay alguno de vosotros que haya visto anteriormente ese lago en este lugar?" Y todos respondieron: "¡Oh, no!". Y el rey dijo: "¡Por Alah! No volveré jamás a mi capital ni me sentaré en el trono de mi reino sin averiguar la verdad sobre este lago y los peces que encierra". Y mandó a los soldados que cercaran las montañas. Y los soldados así lo hicieron. Entonces el rey llamó a su visir. Porque este visir era hombre sabio, elocuente, versado en todas las ciencias. Cuando se presentó ante el rey, éste le dijo: "Tengo intención de hacer una cosa y voy a enterarte de ella. Deseo aislarme completamente esta noche y marchar yo solo a descubrir el misterio de este lago y sus peces. Por consiguiente, te quedarás a la puerta de mi tienda, y dirás a los emires, visires y chambelanes: "El sultán está indispuesto y me ha mandado que no deje pasar a nadie". Y a ninguno revelarás mi intención". De este modo el visir no podía desobedecer.
    Entonces el rey se disfrazó, y ciñéndose su espada, se escabulló de entre la gente sin que nadie lo viese. Y estuvo andando toda la noche sin detenerse hasta la mañana, en que el calor, demasiado excesivo, le obligó a descansar. Después anduvo durante todo el resto del día y durante la segunda noche hasta la mañana siguiente. Y he aquí que vio a lo lejos una cosa negra, y se alegró de ello y dijo: "Es probable que encuentre allí a alguien que me contará la historia del lago y sus peces". Y al acercarse a esta cosa negra vió que aquello era un palacio enteramente construido con piedras negras, reforzado con grandes chapas de hierro, y que una de las hojas de la puerta estaba abierta y la otra cerrada. Entonces se alegró mucho, y parándose ante la puerta, llamó suavemente, pero como no le contestasen llamó por segunda y por tercera vez. Después, y como seguían sin contestar, llamó por cuarta vez, pero con gran violencia, y nadie contestó tampoco. Entonces se dijo: "No hay duda, este palacio está desierto". Y en seguida, tomando ánimos, penetró por la puerta del palacio y llegó a un pasillo, y allí dijo en alta voz: "¡Ah del palacio! Soy un extranjero, un caminante que pide provisiones para continuar su viaje".
    Después reiteró su demanda por segunda y tercera vez, y como no le contestasen, afirmó su corazón y fortificó su alma, y siguió por aquel corredor hasta el centro del palacio. Y no encontró a nadie. Pero vio que todo el palacio estaba suntuosamente revestido de tapices y que en el centro de un patio interior había un estanque coronado por cuatro leones de oro rojo, de cuyas fauces brotaba un chorro de agua que semejaba perlas y pedrería. En torno veíanse numerosos pájaros, pero no podían volar fuera del palacio, por impedírselo una gran red tendida por encima de todo. Y el rey se maravilló al ver aquellas cosas, aunque afligiéndose por no encontrar a alguien que le pudiese revelar el enigma del lago, de los peces, de las montañas y del palacio. Después se sentó entre dos puertas, y meditó profundamente. Pero de pronto oyó una queja muy débil que parecía brotar de un corazón dolorido, y oyó una voz dulce que cantaba quedamente estos versos:
    ¡Mis sufrimientos ¡ay! no he podido ocultarlos, y mi mal de amores fue revelado...! ¡Y ahora el sueño se aparta de mis ojos para convertirse en insomnio constante!
    ¡Oh amor! ¡Viniste al oír mi voz pero cuánta tortura dejaste en mis pensamientos!
    ¡Ten piedad de mí! ¡Déjame gustar del reposo! ¡Y sobre todo, no vayáis a visitar a Aquella que es toda mi alma, para hacerla padecer! ¡Porque Ella es mi consuelo en las penas y peligros!
    Cuando el rey oyó estas quejas amargas se levantó y se dirigió hacia el lugar de donde procedían. Llegó hasta una puerta cubierta por un tapiz. Levantó el tapiz, y en un gran salón vio un joven que estaba reclinado en un gran lecho. Este joven era muy hermoso; su frente parecía una flor, sus mejillas igual que la rosa, y en medio de una de ellas tenía un lunar como una gota de ámbar negro.
    Ya lo dijo el poeta:
    ¡El joven es esbelto y gentil! ¡Sus cabellos de tinieblas son tan negros que forman la noche! ¡Su frente es tan blanca que ilumina la noche! ¡Nunca los ojos de los hombres presenciaron una fiesta como el espectáculo de sus gracias!
    ¡Le conocerás entre todos los jóvenes por el lunar que tiene en la rosa de su mejilla, precisamente debajo de uno de sus ojos!
    Al verle, el rey, muy complacido, le dijo: "¡La paz sea contigo!". Y el joven siguió echado en la cama, vistiendo un traje de seda bordado de oro. Con un acento de tristeza que parecía extenderse por toda su persona, devolvió el saludo del rey y le dijo: "¡Oh señor! ¡Perdona que no me pueda levantar!". Pero el rey contestó: "¡Oh joven! Entérame de la historia de ese lago y de sus peces de colores, así como del misterio de este palacio y de la causa de su soledad y de tus lágrimas".
    Al oírlo, el joven derramó nuevas lágrimas, que corrían a lo largo de sus mejillas, y el rey se asombró y le dijo: "¡Oh joven! ¿qué es lo que te hace llorar?" Y el joven respondió: "¿Cómo no he de llorar, si me veo en este estado?" Y el joven, alargando las manos hacia el borde de su túnica, la levantó. Y entonces el rey vió que toda la mitad inferior del joven era de mármol, y la otra mitad, desde el ombligo hasta el cabello de la cabeza, era de un hombre. Y el joven dijo al rey: "Sabe, ¡oh señor! que la historia de los peces es una cosa tan extraordinaria, que si se escribiera con una aguja en el ángulo interior del ojo, a fin de que todo el mundo la viera, sería una gran lección para el observador cuidadoso".
    Y el joven contó la historia que sigue:

    Historia del joven encantado y de los peces



    Sabe, ¡oh señor! que mi padre era rey de esta ciudad. Se llamaba Mahmud, y era rey de las Islas Negras y de estas cuatro montañas. Mi padre reinó setenta años, y después se extinguió en la misericordia del Retribuidor. Después de su muerte, fui yo sultán y me casé con la hija de mi tío. Me quería con amor tan poderoso, que si por casualidad tenía que separarme de ella, no comía ni bebía hasta mi regreso. Y así siguió bajo mi protección durante cinco años, hasta que fue un día al hammam, después de haber mandado al cocinero que preparase los manjares para nuestra cena. Entré en el palacio y reclinándome en el lugar de costumbre, mandé a dos esclavas que me hicieran aire con los abanicos. Una se puso a mi cabeza y otra a mis pies. Pero pensando en la ausencia de mi esposa, se apoderó de mí el insomnio, y no pude conciliar el sueño, porque ¡si mis ojos se cerraban, mi alma permanecía en vela! Oí entonces a la esclava que estaba detrás de mi cabeza hablar de este modo a la que estaba a mis pies: "¡Oh Masauda! ¡Qué desventurada juventud la de nuestro dueño! ¡Qué tristeza para él tener una esposa como nuestra ama, tan pérfida y tan criminal!". Y la otra respondió: "¡Maldiga Alah a las mujeres adúlteras! Porque esa infame nunca podrá tener un hombre mejor que nuestro dueño, y sin embargo, se pasa las noches en el lecho de unos y otros". Y la primera esclava dijo: "Nuestro dueño debe de ser muy impasible cuando no hace caso de las acciones de esa mujer". Y repuso la otra: "¿Pero qué dices? ¿Puede sospechar siquiera nuestro amo lo que hace ella? ¿Crees que la dejaría en libertad de obrar así? Has de saber que esa pérfida pone siempre algo en la copa en que bebe nuestro amo todas las noches antes de acostarse. Le echa banj ( Bang o Bani. Haschis, marihuana o cualquier droga como el extracto de beleño) y le hace dormir con eso. En tal estado, no puede saber lo que ocurre, ni a dónde va ella, ni lo que hace. Entonces, después de darle a beber el banj, se viste y se va, dejándole solo, y no vuelve hasta el amanecer. Cuando regresa, le quema una cosa debajo de la nariz para que la huela, y así despierta nuestro amo de su sueño".
    En el momento que oí ¡oh señor! lo que decían las esclavas, se cambió en tinieblas la luz de mis ojos. Y deseaba ardientemente que viniera la noche para encontrarme de nuevo con la hija de mi tío. Por fin volvió del hammam. Y entonces se puso la mesa, y estuvimos comiendo durante una hora, dándonos mutuamente de beber, como de costumbre, después pedí el vino que solía beber todas las noches antes de acostarme, y ella me acercó la copa. Pero yo me guardé muy bien de beber, y fingí que la llevaba a los labios, como de costumbre, pero la derramé rápidamente por la abertura de mi túnica, y en la misma hora y en el mismo instante me eché en la cama, haciéndome el dormido. Y ella dijo entonces: "¡Duerme! ¡Y así no te despiertes nunca más! ¡Por Alah, te detesto! Y detesto hasta tu imagen, y mi alma está harta de tu trato". Después se levantó, se puso su mejor vestido, se perfumó, se ciñó una espada, y abriendo la puerta del palacio se marchó. En seguida me levanté yo también, y la fui siguiendo hasta que hubo salido del palacio. Y atravesó todos los zocos, y llegó por fin hasta las puertas de la ciudad, que estaban cerradas. Entonces habló a las puertas en un lenguaje que no entendí, y los cerrojos cayeron y las puertas se abrieron, y ella salió. Y yo eché a andar detrás de ella, sin que lo notase, hasta que llegó a unas colinas formadas por los amontonamientos de escombros, y a una torre coronada por una cúpula y construida de ladrillos. Ella entró por la puerta, y yo me subí a lo alto de la cúpula, donde había una terraza, y desde allí me puse a vigilarla. Y he aquí que ella entró en la habitación de un negro muy negro. Este negro era horrible, tenía el labio superior como la tapadera de una marmita y el inferior como la marmita misma, ambos tan colgantes, que podían escoger los guijarros entre la arena. Estaba podrido de enfermedades y tendido sobre un montón de cañas de azúcar.
    Al verle, la hija de mi tío besó la tierra entre sus manos, y él levantó la cabeza hacia ella, y le dijo: "¡Desdichas sobre ti!" ¿Cómo has tardado tanto? He convidado a los negros, que se han bebido el vino y se han entrelazado ya con sus queridas. Y yo no he querido beber por causa tuya". Ella contestó: "¡Oh dueño mío, querido de mi corazón! ¿no sabes que estoy casada con el hijo de mi tío, que detesto hasta su imagen y que me horroriza estar con él? Si no fuese por el temor de hacerte daño, hace tiempo que habría derruido toda la ciudad, en la que sólo se oiría la voz de la corneja y el mochuelo, y además habría transportado las ruinas al otro lado del Cáucaso".
    Y contestó el negro: "¡Mientes, infame! Juro por el honor y por las cualidades viriles de los negros, y por nuestra infinita superioridad sobre los blancos, que como vuelvas a retrasarte otra vez, a partir de este día, repudiaré tu trato y no pondré mi cuerpo encima del tuyo. ¡Oh pérfida traidora! De seguro que te has retrasado para saciar en otra parte tus deseos de hembra. ¡Qué basura! ¡Eres la más despreciable de las mujeres blancas!" Después la cogió debajo de él. Y llegó entre ellos aquello que llegó.
    Así narraba el príncipe dirigiéndose al rey. Y prosiguió de este modo:
    "Cuando oí toda aquella conversación y vi con mis propios ojos eso que siguió entre ambos, el mundo se convirtió en tinieblas para mí y no supe ni dónde estaba. En seguida la hija de mi tío rompió a llorar y a lamentarse humildemente entre las manos del negro, y le decía: "¡Oh, amante mío, orgullo de mi corazón! ¡No tengo a nadie más que a ti! ¡Si me despidieses me moriría! ¡Oh, amor mío! ¡Luz de mis ojos". Y no cesó en su llanto ni en sus súplicas hasta que la hubo perdonado. Entonces, llena de alegría, se levantó, se quitó todos los vestidos, incluso el calzón, y se quedó completamente desnuda. Y dijo después: "Amo mío, ¿tienes con qué alimentar a tu esclava?". Y contestó el negro: "Levanta la tapadera de la cacerola, allí encontrarás un guisado de huesos de ratones, que ha de satisfacerte. En este jarro que ves ahí hay buza (bebida fermentada de baja calidad muy apreciada por los negros) y la puedes beber".
    Y ella comió y bebió y fue a lavarse las manos. Después se acostó sobre el montón de cañas, y completamente desnuda se acurrucó contra el negro, cubriéndose con unos harapos infectos.
    Al ver todas estas cosas que hacía la hija de mi tío, no pude contenerme más, y bajando de la cúpula y precipitándome en la habitación, cogí la espada que llevaba la hija de mi tío, resuelto a matar a ambos.
    Y comencé por herir primeramente al negro, dándole un tajo en el cuello, y creí que había perecido".
    En este momento de su narración, Schehrazada vio aproximarse la mañana, y se calló discretamente. Y cuando lució la mañana, Schahriar entró en la sala de justicia, y el diwán estuvo lleno hasta el fin del día. Después el rey volvió a palacio, y Doniazada dijo a su hermana: "Te ruego que prosigas tu relato". Y ella respondió: "De todo corazón, y como homenaje debido".

     

    jueves, junio 30, 2011

    006



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    Y cuando llegó la sexta noche


    Schehrazada dijo:

    He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el pescador dijo al efrit: "Si me hubieras conservado, yo te habría conservado, pero no has querido más que mi muerte, y te haré morir prisionero en este jarrón y te arrojaré a ese mar", entonces el efrit clamó y dijo:

    "¡Por Alah sobre ti! ¡Oh pescador, no lo hagas! y consérvame generosamente, sin reconvenirme por mi acción, pues si yo fui criminal tú debes ser benéfico, y los proverbios conocidos dicen: "¡Oh tú, que haces bien a quien mal hizo; perdona sin restricciones el crimen del malhechor!"

    Y tú, ¡oh pescador!, no hagas conmigo lo que hizo Umama con Atika". El pescador dijo: "¿Y qué caso fué ese?" Y respondió el efrit: "No es ocasión para contarlo estando encarcelado. Cuando tú me dejes salir, yo te contaré ese caso". Pero el pescador dijo: "¡Oh, eso nunca! Es absolutamente necesario que yo te eche al mar, sin que tengas medio de salir. Cuando yo supliqué y te imploraba, tú deseabas mi muerte, sin que hubiera cometido ninguna falta contra ti, ni bajeza alguna, sino únicamente favorecerte, sacándote de ese calabozo. He comprendido, por tu conducta conmigo, que eres de mala raza. Pero has de saber que voy a echarte al mar, y enteraré de lo ocurrido a todos los que intenten sacarte, y así te arrojarán de nuevo, y entonces permanecerás en ese mar hasta el fin de los tiempos para padecer todos los suplicios". El efrit le contestó: "Suéltame, que ha llegado el momento de contarte la historia. Además, te prometo no hacerte jamás ningún daño, y te seré muy útil en un asunto que te enriquecerá para siempre". Entonces el pescador se fijó bien en esta promesa de que si libertaba al efrit, no sólo no le haría jamás daño, sino que le favorecería en un buen negocio. Y cuando se aseguró firmemente de su fe y de su promesa, y le tomó juramento por el nombre de Alah Todopoderoso, el pescador abrió el jarrón. Entonces el humo empezó a subir, hasta que salió completamente, y se convirtió en un efrit, cuyo rostro era espantosamente horrible. El efrit dió un puntapié al jarrón y lo tiró al mar. Cuando el pescador vió que el jarrón iba camino del mar, dió por segura su propia perdición, y orinándose encima, dijo: "Verdaderamente, no es esto una buena señal". Después intentó tranquilizarse y dijo: "¡Oh efrit! Alah Todopoderoso ha dicho: "Hay que cumplir los juramentos, porque se os exigirá cuenta de ellos". Y tú prometiste y juraste que no me harías traición. Y si me la hicieses, Alah te castigará, porque es celoso, es paciente y no olvida. Y yo te digo lo que el médico Ruyán al rey Yunán: "Consérvame, y Alah te conservará".

    Al oír estas palabras, el efrit rompió a reír y echando a andar delante de él, dijo: "¡Oh pescador, sígueme!" Y el pescador echó a andar detrás de él, aunque sin mucha confianza en su salvación. Y así salieron completamente de la ciudad, y se perdieron de vista, y subieron a una montaña, y bajaron a una vasta llanura, en medio de la cual había un lago. Entonces el efrit se detuvo, y mandó al pescador que echara la red y pescase. Y el pescador miró a través del agua, y vió peces blancos y peces rojos, azules y amarillos. Al verlos se maravilló el pescador; después echó su red y cuando la hubo sacado encontró en ella cuatro peces, cada uno de color distinto.

    Y se alegró mucho, y el efrit le dijo: "Ve con esos peces al palacio del sultán, ofrécelos y te dará con qué enriquecerte. Y, mientras tanto, ¡por Alah!, discúlpame mis rudezas, pues olvidé los buenos modales con mi larga estancia en el fondo del mar, donde me he pasado mil ochocientos años sin ver el mundo ni la superficie de la tierra. En cuanto a ti, vendrás todos los días a pescar en este sitio, pero nada más que una vez. Y ahora, que Alah te guarde con su protección". Y el efrit golpeó con sus dos pies en tierra, y la tierra se abrió y le tragó.

    Entonces el pescador volvió a la ciudad, muy maravillado de lo que le había ocurrido con el efrit. Después cogió los peces y los llevó a su casa, y en seguida, cogiendo una olla de barro, la llenó de agua y colocó en ella los peces, que comenzaron a nadar en el agua contenida en la olla. Después se puso esta olla en la cabeza y se encaminó al palacio del rey, según el efrit le había encargado. Cuando el pescador se presentó al rey y le ofreció los peces, el rey se asombró hasta el límite del asombro al ver aquellos peces que le ofrecía el pescador, porque nunca los había visto en su vida, ni de aquella especie ni de aquella calidad, y dispuso: "Que entreguen esos peces a nuestra cocinera negra". Porque esta esclava se la había regalado, hacía tres días solamente, el rey de los Rum, y aun no había tenido ocasión de lucirse en su arte de la cocina. Así es que el visir le mandó que friera los peces, y le dijo: "¡Oh buena negra! Me encarga el rey que te diga: "Si te guardo como un tesoro, ¡oh gota de mis ojos! es porque te reservo para el día del ataque.” (Para las grandes ocasiones)

    “De modo que demuéstranos hoy tu arte de cocinera y lo bueno de tus platos". Dicho esto, volvió el visir después de hacer sus encargos, y el rey ordenó que diera al pescador cuatrocientos dinares. Habiéndoselos dado el visir, los guardó el pescador en una halda de su túnica, y volvió a su casa, cerca de su esposa, lleno de alegría y de expansión. Después compró a sus hijos todo lo que podían necesitar. Y hasta aquí es lo que le ocurrió al pescador.

    En cuanto a la negra, cogió los peces, los limpió y los puso en la sartén. Después dejó que se frieran bien por un lado y los volvió en seguida del otro. Pero entonces, súbitamente, se abrió la pared de la cocina, y por allí se filtró en la cocina una joven de esbelto talle, mejillas redondas y tersas, párpados pintados con kohl negro, rostro gentil y cuerpo graciosamente inclinado. Llevaba en la cabeza un velo de seda azul, pendientes en las orejas, brazaletes en las muñecas, y en los dedos sortijas con piedras preciosas. Tenía en la mano una varita de bambú.

    Se acercó, y metiendo la varita en la sartén, dijo: "¡Oh peces! ¿seguís sosteniendo vuestra promesa?" Al ver aquello la esclava se desmayó y la joven repitió su pregunta por segunda y tercera vez. Entonces todos los peces levantaron la cabeza desde el fondo de la sartén, y dijeron: "¡Oh, sí... ! ¡Oh, sí... !" Y entonaron a coro la siguiente estrofa:

    ¡Si tú vuelves sobre tus pasos, nosotros te imitaremos! ¡Si tú cumples tu promesa, nosotros cumpliremos la nuestra! ¡Pero si quisieras escaparte, no hemos de cejar hasta que te declares vencida!

    Al oír estas palabras, la joven derribó la sartén, y salió por el mismo sitio por donde había entrado, y el muro de la cocina se cerró de nuevo.

    Cuando la esclava volvió de su desmayo, vió que se habían quemado los cuatro peces, y estaban negros como el carbón. Y comenzó a decir: "¡Pobres pescados! ¡Pobres pescados!" Y mientras seguía lamentándose, he aquí que se presentó el visir, asomándose por detrás de su cabeza, y le dijo: "Llévale los pescados al sultán". Y la esclava se echó a llorar, y le contó al visir la historia de lo que había ocurrido, y el visir se quedó muy maravillado, y dijo: "Eso es verdaderamente una historia muy rara". Y mandó buscar al pescador, y en cuanto se presentó el pescador, le dijo: "Es absolutamente indispensable que vuelvas con cuatro peces como los que trajiste la primera vez". Y el pescador se dirigió al estanque, echó su red y la sacó conteniendo cuatro peces, que cogió y llevó al visir. Y el visir fue a entregárselos a la negra, y le dijo: "¡Levántate! ¡Vas a freírlos en mi presencia, para que yo vea qué asunto es éste!" Y la negra se levantó, preparó los peces y los puso al fuego en la sartén. Y apenas habían pasado unos minutos, hete aquí que se hendió la pared, y apareció la joven vestida siempre con las mismas vestiduras, y llevando siempre la varita en la mano. Metió la varita en la sartén, y dijo: "¡Oh peces! ¡oh peces! ¿seguís cumpliendo vuestra antigua promesa?". Y los peces levantaron la cabeza, y cantaron a coro esta estrofa:

    ¡Si tú vuelves sobre tus pasos, nosotros te imitaremos! ¡Si tú cumples tu juramento, nosotros cumpliremos el nuestro! Pero si tú reniegas de tus compromisos, gritaremos de tal modo que nos resarciremos!

    En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.